Voy a hablar de la muerte.
La muerte.De eso voy a hablar esta noche
entre copas, fotos y recuerdos.
La muerte.
Esa Dama infinita del pozo azul.
Ese Jinete destructor del mañana.
Esa inmensa oscuridad que nos rodea en los momentos más inesperados,
la que agiganta las peores desazones y alimenta las pesadillas de cada hora.
La muerte es, al fin y al cabo, el final de todo.
No hay elegías que apacigüen los desánimos
ni hay fuentes de fe que aletarguen la marcha hacia lo que también nos espera.
Es la muerte, lisa y llana, que se aparece de golpe y se lleva lo mejor de nosotros.
No es nuestro cuerpo, es el mundo de aquel que tanto amamos,
y en un abrir y cerrar de ojos se lo llevó y para siempre.
Y allí es donde caemos en la cuenta regresiva de que también nos atrapará, al fin,
y caemos también en las redes de que nada se podrá torcer ya nunca más.
Y entonces, pensamos en las flores de cada día, de cada semana, de cada mes,
en un cementerio de negociados
porque lo que nos importa es llevar esa gratitud hacia alguien
a quien dejamos plantado miles de veces,
a quien no acompañamos en los momentos más difíciles,
a quien descuidamos porque teníamos otras cosas más importantes que atender,
como un celular y todas sus aplicaciones.
La muerte se filtra entre los sueños de quienes piensan que aquel que se esfumó
no llegó a saber jamás lo que sentíamos ni lo rozó un abrazo ni lo peinó un beso.
Porque había cosas más importantes que atender,
como un encuentro casual con la nada.
Y así, la otra nada, la del vacío infinito por aquel que ya no está, nos agujerea el alma.
No hay rayos para pensar.
No hay mingitorios donde confesarse.
No hay rezos que apaguen el fuego.
No hay.
la que agiganta las peores desazones y alimenta las pesadillas de cada hora.
La muerte es, al fin y al cabo, el final de todo.
No hay elegías que apacigüen los desánimos
ni hay fuentes de fe que aletarguen la marcha hacia lo que también nos espera.
Es la muerte, lisa y llana, que se aparece de golpe y se lleva lo mejor de nosotros.
No es nuestro cuerpo, es el mundo de aquel que tanto amamos,
y en un abrir y cerrar de ojos se lo llevó y para siempre.
Y allí es donde caemos en la cuenta regresiva de que también nos atrapará, al fin,
y caemos también en las redes de que nada se podrá torcer ya nunca más.
Y entonces, pensamos en las flores de cada día, de cada semana, de cada mes,
en un cementerio de negociados
porque lo que nos importa es llevar esa gratitud hacia alguien
a quien dejamos plantado miles de veces,
a quien no acompañamos en los momentos más difíciles,
a quien descuidamos porque teníamos otras cosas más importantes que atender,
como un celular y todas sus aplicaciones.
La muerte se filtra entre los sueños de quienes piensan que aquel que se esfumó
no llegó a saber jamás lo que sentíamos ni lo rozó un abrazo ni lo peinó un beso.
Porque había cosas más importantes que atender,
como un encuentro casual con la nada.
Y así, la otra nada, la del vacío infinito por aquel que ya no está, nos agujerea el alma.
No hay rayos para pensar.
No hay mingitorios donde confesarse.
No hay rezos que apaguen el fuego.
No hay.
La muerte arrasa con las alegrías porque la vivimos con tristeza,
la vida, y después queremos vestir las tumbas de multicolores cuando quizás ni tumba habrá.
La muerte se regodea con la frustración que nos carcomerá para siempre
porque no dijimos la palabra perfecta, el “te quiero”, el “te amo”,
y la luz que pudo existir se irá apagando para que otras luces ocupen ningún lugar.
la vida, y después queremos vestir las tumbas de multicolores cuando quizás ni tumba habrá.
La muerte se regodea con la frustración que nos carcomerá para siempre
porque no dijimos la palabra perfecta, el “te quiero”, el “te amo”,
y la luz que pudo existir se irá apagando para que otras luces ocupen ningún lugar.
La muerte abre las puertas para que otras vidas luzcan.
La muerte simplifica el plan, si alguna vez hubo alguno, y las cosas se reciclan.
Se marchitan, caen, fertilizan y vuelven a nacer.
Se pudren, se desintegran, abonan y vuelven a ser flor.
Y el mundo que conocíamos ya será distinto.
La muerte simplifica el plan, si alguna vez hubo alguno, y las cosas se reciclan.
Se marchitan, caen, fertilizan y vuelven a nacer.
Se pudren, se desintegran, abonan y vuelven a ser flor.
Y el mundo que conocíamos ya será distinto.
(Todo lo que no dijiste. Todo lo que no te animaste a decirme. Todo lo que te guardaste por histerias o por sensaciones... de nada servirán mañana porque no habrá tumbas donde llevar las marchitas flores)
Diego TL
img: Sebastián Scott
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