Los asesinos murieron al amanecer

Los asesinos murieron al amanecer.
Las últimas gotas de sudor fueron absorbidas por la arena.
No hubo lamentos, ni fanfarreas. Solo silencio.
Esos silencios que marcan, que incomodan, que lucen lo peor.
Un flash, un cortocircuito, la dosis justa de la droga y al más allá.

Los asesinos murieron.
No había afectos ni de ellos ni de aquellos que ya estaban en la purga eterna.
Solo había verdugos:
aquellos que los atraparon,
aquellos que los sentenciaron,
aquellas eminencias de saco y gomina
y los que se juntaron para ver el show.
Había un cruzado, rosario y la promesa de la salvación.
Allí, en ese instante, en ese breve instante de caminata al más allá.

Los asesinos murieron como había establecido la sentencia,
después de largas idas y cancelaciones.
Ellos murieron porque tenían que morir, en la verdad de lo que presentaron,
ellos murieron por matar, diente por diente,
aunque de allí sean los forajidos mal vivientes reos asquerosos  nefastos asesinos
y de más acá, la justiciera luz de la balanza verde que todo lo nivela, que todo lo ve,
esa fuente que cae como una guillotina cuando da luz verde a otros asesinos,
los que cantan quien caerá y los que bajan la palanca.

Los asesinos murieron y tenían que pagarla, tenían que morir,
y a nadie le importó:
el maltrato de sus crecimientos, las palizas de mamá, los encierros y palazos de papá;
a nadie le importó el abuso de un padrastro ni las burlas por la renguera o la halcón nariz;
los abandonos instituidos y pupilos, luego los correccionales, donde las visitas eran
tan frecuentes como la nieve en la ciudad de Buenos Aires;
de allí a las comisarías, entras y salir, mendigar por un trabajo con cero educación,
las rayas de la felicidad y los tragos del olvido como regalos del cielo,
y no pensar, y no sentir, y ver que otros se llevaron el mejor de los repartos
-detrás de trajes, crucifijos, misas de domingo lavando culpas, templos del bien;
A nadie le importaron los desplantes de una chica ni el desamor de un flaco que jamás
se animará a darle amor, porque ese amor es de placar, de una habitación muy oscura.
Y… “vení, límpiame el piso”, “podame el jardín”,
“¿no ves que sos inútil y ratero?”, “ya nadie te dará otra oportunidad”.
Si ya las perdió.
Si ya se murió de tantas ninguneadas y desplantes.
Si ya murió, aunque faltaba tanto tiempo.

A nadie le importó, más que a algunas de esas luces santas
que enfocaron la desolación para guiar, en la soledad de un mundo derrotado,
en la presente y eterna soledad.
A nadie le importó, más que para dar consejos, dar titulares,
decirles siempre que una chance espera por un cuerpo derecho, servicial.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién? ¡Quién, por favor! ¡¿Quién se animará a confiar?!
Si a nadie ya le importa mucho, más que enrejar la vida, poner cerrojos a la esperanza
y sujetarse en una paranoia fármaca de restricciones y sótanos vacíos.

Desenredándome un rato, cierro el libro de la fría sangre, sirvo un café,
miro en silencio la tapa de aquel diario desteñido por la realidad,
sangre del mal, despojos del reviente,
pensar la triste historia de dos fantasmas de la espera que ya dejaron de importarle
a los que nunca les importarán, porque esos pibes de veintitantos, los asesinos,
murieron al amanecer.


Diego TL
img: Sebastián Scott

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