Algunas historias de fin de año se prenden a los ojos
como lamentos que derrotan la existencia.
Pasa la gente con sus cajitas felices. Los patrones
han decidido que una sidra, un pan dulce, un turrón,
un budín y garrapiñadas valen un año de intensa labor.
Ya no hay más sobres de recompensa ni bonificaciones,
solo otra navidad de Luis.
Se llenan las mesas de velas y cena, paquetes diversos
decoran el pino artificial. El brindis regala los mejores
augurios,
se abrazan los cuerpos y no se vuelven a sentir hasta la
próxima fiesta o entierro.
“Lo paso con mi familia, primero, y luego con la de él”, me
pinta María.
“Yo en familia, juntamos a todos, no puedo faltar”, derrama
Manuel.
“Pero no sos ni cristiano ni católico, ¿por qué tanta
emoción?
si no creés en nada de eso -suelta Joaquín-; ya no vas a
misa”.
“No importa, tengo que cumplir el rito”.
(Si no a quién le pedirás en el año que llega…).
Ateridos de bolsas con moños recorren los shoppings y los
negocios de Once.
Caro o barato, lo mismo da, hay que festejar, y gastar, y
comer, y brindar.
Y la religión y la careteada le ganan otra vez la partida a
lo espiritual.
Mientras, el coro entona villancicos.
Mientras, un niño nace para volver a morir.
Mientras, una chica se esconde a parir;
tal vez morirá en su pesebre.
Mientras, los chicos de alcurnia navegan al sol de la
chequera que viene de arriba.
Mientras, una amiga trans vomitará ante las múltiples trabas
a un honesto trabajo
o a los chistosos palabreríos del fóbico de ocasión.
Y así estamos, viendo la gente pasar…
Pasajeros que apuran el tramo porque se quedan sin otro
regalo.
Pasajeros que aletean para intentar llegar a la fiesta que
cada fin de mes
les regala por pocas horas, días, semana, hasta que vuelven
a soñar
con el próximo 31.
Pasajeros serpentinas de fin de año.
Pasajeros aleatorios que buscan un patrón.
Pasajeros mezquinos que se comen la tercera empanada en una
mesa de dos.
Pasajeros alcahuetes para lograr sus medios y fines.
Pasajeros cansinos de 4 a 20 sin un asiento que ocupar.
Pasajeros egoístas que jamás te invitan un trago.
Pasajeros soretes que no tienen dónde mentir.
Pasajeros de sangre, esos que se la juegan entero.
Pasajeros dolientes que cargan el peso del siempre ir.
En muchas de esas huecas miradas me perdí por sentirme
reflejo.
¿Y ahora qué hago?
Apreto el botón y me dejo ir.
Este fin de año no tendré regalos que dar, no habrá sobres
para mí.
Este fin de año vuelvo a refugiarme en la sanación del amigo
de siempre,
del afecto presente, del invitado que conoceré.
Este fin de año será tan distinto al de muchos, por suerte,
y será tan igual para mí.
Cerca de los aliados, aquellos que juegan, se juegan por mí,
de esos mismos que dan sin mirar a quién,
esos pasajeros que en mi nave de toboganes y subibajas
saben que suelo volver.
Diego TL
img: Sebastián Scott

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