Amanecer de grises y
descargas a 220.
El bus que no viene y la espera se torna bestial.
Luego, amuchados entre los olores a sobaco y los gases que lo hacen brutal;
ventanillas cerradas por el frío mental de los sentados y algunos mal alientos para
empequeñecerme.
Después, pensar en todo lo pasado ayer.
Una simple discusión de egos; ese monstruito que intento contener y derrotar, sin embargo vuelve para azotarme por un rato y enfrentarme a las cosas simples que se podrían definir con un escucho y doy.
Antes, son batallas de labios dictactoriando todo. Hablo yo. Hablás VOS. Primero Yo. Luego, venís Vos. Te dije YO… vos… la Nada… da… aaaaa… a… Ecos. Ecos de la nada misma, sin mirar reflejos hacia adentro, solo elevar la voz.
Vuelvo al hoy, donde las perlas de la noche se acumularon en mis bolsillos y pesan.
Y vuelvo a razonar y trato de entender. Y mejor no trato ni entiendo, si unas disculpas son mejor que seguir decepcionándote con argucias y malinterpretaciones.
Más tarde, recorrer el parque y observar un picnic. Una docena de mujeres, algunos niños correteando, varios hombres de pie: todo en torno a la niña. Y la sorpresa. Entre jugos y salados, llega la torta, la chispa para elevar los deseos y la llama para soplar sueños. Todos cantan en torno a ella y ella ríe y canta también y celebra la vida, desde su imperfección física, desde su silla especial, detrás de las gafas necesarias para observar las caras de alegría de quienes baten palmas y enriquecen la partida estando de tan solo estar.
Me siento un instante para sacar una foto sin disparar el celular, solo mis ojos. Atesorarlo en mi recuerdo y darme cuenta que no vale la pena discutir por nimiedades ni hacer un karma de las cosas que siempre tendrán algún tipo de solución.
Como dijo alguna vez un sabio, recorrer los pabellones de hospitales me trae de regreso a una realidad que ni me comía tanto ni me vomitaba tantas pálidas como creía. Si al fin y al cabo, mientras duramos hay que seguir plantando flores para sentir su flor.
El bus que no viene y la espera se torna bestial.
Luego, amuchados entre los olores a sobaco y los gases que lo hacen brutal;
ventanillas cerradas por el frío mental de los sentados y algunos mal alientos para
empequeñecerme.
Después, pensar en todo lo pasado ayer.
Una simple discusión de egos; ese monstruito que intento contener y derrotar, sin embargo vuelve para azotarme por un rato y enfrentarme a las cosas simples que se podrían definir con un escucho y doy.
Antes, son batallas de labios dictactoriando todo. Hablo yo. Hablás VOS. Primero Yo. Luego, venís Vos. Te dije YO… vos… la Nada… da… aaaaa… a… Ecos. Ecos de la nada misma, sin mirar reflejos hacia adentro, solo elevar la voz.
Vuelvo al hoy, donde las perlas de la noche se acumularon en mis bolsillos y pesan.
Y vuelvo a razonar y trato de entender. Y mejor no trato ni entiendo, si unas disculpas son mejor que seguir decepcionándote con argucias y malinterpretaciones.
Más tarde, recorrer el parque y observar un picnic. Una docena de mujeres, algunos niños correteando, varios hombres de pie: todo en torno a la niña. Y la sorpresa. Entre jugos y salados, llega la torta, la chispa para elevar los deseos y la llama para soplar sueños. Todos cantan en torno a ella y ella ríe y canta también y celebra la vida, desde su imperfección física, desde su silla especial, detrás de las gafas necesarias para observar las caras de alegría de quienes baten palmas y enriquecen la partida estando de tan solo estar.
Me siento un instante para sacar una foto sin disparar el celular, solo mis ojos. Atesorarlo en mi recuerdo y darme cuenta que no vale la pena discutir por nimiedades ni hacer un karma de las cosas que siempre tendrán algún tipo de solución.
Como dijo alguna vez un sabio, recorrer los pabellones de hospitales me trae de regreso a una realidad que ni me comía tanto ni me vomitaba tantas pálidas como creía. Si al fin y al cabo, mientras duramos hay que seguir plantando flores para sentir su flor.
Diego TL
img: Sebastián Scott

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