Sones…
Ex.
¿Ex qué?
No son ex… Son es. Sones…
Porque son…
Porque se arropan en el corazón.
Y en la memoria.
En el recuerdo: fino, majestuoso, inmortal.
Porque aquello que amaste con locura no puede tornarse un monstruo.
Por lo menos, no lo fueron para mí.
Es.
Porque son y viven cuando se cuela una canción en el aire.
Sones…
Así, recuerdo.
Aquellos cálidos momentos.
En la canción.
Canción de es, no de ex.
Porque las canciones son,
aunque hayan sido escritas hace medio siglo.
Son.
No ex.
¡Es!
Sones…
Te hablo a vos… Y a vos… Y a vos… A vos… A
vos…
Despliego el abanico de un remedio sin receta y tu amor mi enfermedad,
recostado en la alas de un tierno despertar en el champán de aquellos
ojos frágiles.
Oh mi amor, por primera vez mis ojos se abrieron, te dije en una
confesión
y los ojos ya no miraron más arriba, sino al centro de tu corazón.
Un guiño a lo Sabina para recostarnos en el recuerdo que se apagó una
tarde de traiciones
y, sin embargo, fuimos felices.
Quiero ver, quiero ser, quiero entrar, me regalaste en esa carta,
y fue un instante acogedor que sabía que no volvería a repetirse nunca
más.
Después, partí por el océano del surrealismo y nos mezclamos en un vino
de besos,
sin canción, aunque los cantos del Maas lo tiñeron todo de tinto amor.
Y así los vientos soplaron y arrojaron otras luces
para endulzar las ráfagas que el tiempo nos había prometido.
Y así los despertares se tornaron refugios
donde amanecer mezclados en algo más que una ventisca.
No tuvimos canción, pero las cuatro estaciones se colaron aquella noche
de tormenta en la avenida cuando supimos que podíamos explotar sin causar los fuegos
ni el fuego.
Tampoco la tuvimos tras la frontera cuando las respiraciones abrieron un
jardín, el jardín,
y nos animamos, por un rato, a confundirnos hasta el final del no va
más.
Volví, creí que estaba volviendo cuando me dejaste más solo que la nada
y, sin embargo, me pude despertar regocijado en que tu felicidad era la
mía.
Probablemente, nunca te olvidaré aunque los diablos metan la cola
y aunque los dioses solo nos permitan la emoción de hablar algunas
frases del amor que se quedó atrapado.
Entonces, abro otra página y veo tus miedos a la primera caricia de los
labios,
ese pequeño sabor que vestirá los mejores deseos cumplidos.
Y así los ríos guiaron la balsa para danzar
al canto de las aguas y relamernos en las orillas.
Y así los anocheceres se afirmaron en los destellos
que la ronda nos regala para recordar.
Son. Sones…
Son aunque jamás lo fueron.
Son en mi desesperación que tuve,
en la desesperación que puede hacerme sucumbir.
Aún hoy.
Una dulce alma de diamante y el beso que no tuve.
Una gira que fue amor y el beso que no tuve.
Una divertida clase de amor sin que nos animemos y el beso que no tuve.
Pero tuve otros besos,
dulces aromas que vistieron mi melodía,
aunque fueran efímeros, aunque fueran frugales,
fueron exquisitos, de esos que alguna vez podría enamorarme.
No fueron demasiados abrazos en la hoguera del frío, levanté mi corazón
y te lo regalé en una caminata de un beso que jamás olvidarías.
Me aventuré también aquella noche en la que me dijiste que podríamos
ser buenos amigos
y, sin que medie una canción, un beso lo confirmaría todo.
Y te besé en la madrugada de tu cumpleaños guardando el sabor de esos
besos que jamás podría olvidar aunque pasaran mil tornados y mil labios por mi
cuerpo, un veneno al corazón.
Son. Sones…
Porque lo pueden ser.
En la espera que fluye,
en la espera que puede hacerme sucumbir.
Aún ahora.
Un eterno aroma como adormecido y el beso que no tuve.
Un poderoso vuelo de mariposa atravesando los humos y el beso que no
tuve.
Un velo que descubre la sonrisa más perfecta y el beso que no tuve.
Mucho brillante sobre el teclado del recuerdo
en cada noche que dejaste de actuar para darme amor.
Vos… ¡Es! ¡Sos! Sones…
El arcón se abre para golpear las puertas del cielo de la evocación
y seguir atesorando cada roce que no quiere escaparse porque siempre
son.
Sones...
Como las llamas de un helado consumido que quiero atrapar,
como las voces de un marcado tango que nos invita a entender que nadie
se va porque sí,
solo caminamos en la vereda del sol que mejor nos hace
y miramos las páginas que van y vienen
como las golondrinas de la primavera y descubrimos que siempre hay
primaveras
y que las otras, aquellas primaveras que nos hicieron sonreír, son en
nuestras motivaciones,
en nuestras caricias, en nuestra construcciones.
Son. Sones…
Y así los giros en la esquina nos regalan la ilusión y nos dan otra
fila como para no quejarnos.
Y así los mundos perfuman con infinitos laureles la gloria de sabernos
amados y de amar.
Diego TL
img: Sebastián Scott