Tempestades

Tempestades.
Se apagó el saxo de Bobby,
y hubieras cumplido años.
En mi mundo los cumplís.
Después, saco el anotador y escribo palabras sueltas
que me saquen un rato de aquí. Pero es imposible.

Debo dejarte correr, pero no encuentro mi cuenco.
Debo atreverme a esperar, pero sé que a veces el agua no cae.
Así que mejor borro los números que me hacen mal,
y los que solo miran.

Me puedo desviar mirando a quien se toca los labios y se come las uñas en el colectivo.
Mirar sus señales distraídas, y hasta escuchar su polaroid atravesando sus oídos.
-Ella sangró. Ella rio. Ella enloqueció-.
Vos ahí, volando en lo ordinario de la vida.
Yo, sentado, intentando balbucear algunas frases repetidas hasta el cansancio en mi cerebro
mientras el lindo del costado juega a descifrar mis jeroglíficos.

Aún con una tormenta destruyendo mis recreos
y trayéndome otra vez a la ola de la realidad
sigo persiguiéndome en el raje de mi sombra,
masticando las palabras para no escribir de más.

El viaje sigue. El viaje sigue hasta… El viaje sigue hasta que nos arrancan el suspiro
y allí puedo disfrutar, por un ratito, las muecas de tu boca y el jardín de las risas.
Podría haber mucho más, de hecho empujan los sabores amargos,
y esta vez, solo por esta vez, acepto los regalos hacia arriba y me dejo acariciar.

Tempestades que abrazan cada día.
Hoy no les daré ni una pisca de atención.
Solo Bukowski podía llegar de verde mientras las mesas se llenan de palomas, tragos y sinrazones.
Hoy, ahora, por un ratito, puedo hacerle un guiño a la memoria:
celebrarte en tu ascensión de saxo rollingstone,
recordarte en Mar de Ajó juntando almejas para la cena,
entenderte, aunque te fugues con otros compinches,
y descubrirme de una vez por todas,
aunque duela, aunque llore,
aunque sangre, aunque no pueda ya pararlo más.



Diego TL
img: Sebastián Scott

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