Plazas.
Anochecer.
Doy vueltas.
Mente sana en orejas con música.
Veinte metros, se cuelan los aromas eucaliptus. Otros metros más, me inundan pinos y lavandas. No piden permiso, solo se meten nomás.
Girar a la izquierda para descubrir otros eucaliptus, jacarandás y una parcela regada que desprende ese sabor a pasto recién cortado.
Andar varios metros más para rozar con la mano, acariciar, refregar, la áspera hoja del malvón y tocarme la nariz para irme en ese instante -un flash, un despertar y volver aquí- al patio de la infancia.
Volver a girar y descubrir que otras flores se confunden, entre frutales y árboles que no podría definir, y andar y girar cuantas vueltas sean necesarias y comenzar a percibir otros aromas, otras flores, cercanía, más dulces, más inciensas, esas fragancias que empiezan a reflejar los atardeceres de los parques, los anocheceres placeros, el aroma, la flor.
Se torna cotidiano en cada corrida diaria. Se torna parte del paisaje y de los aromas naturales, y es natural también, y están relajados tres pibes, dos chicas, un par de adultos dispersos, un grupo de jóvenes. Y ríen. Y se cuelgan. Y saludan. Y te invitan; ese compartir como el café, como el trago de la esquina.
Un joint, faso, finito, troncho, caño, fasito, chino, univercho, maría, la tía, damián, hachís, cannabis, marihuana.
Neones que delatan ojos, y sonrisas marcadas y rostros perdidos, pero aquí y ahora, y una voz inquisidora pudriéndolo todo. Y el dedo amenazante indicando culpables. Y los gestos despectivos hacia esos aromas marginales mientras se recuestan -esas inquisidoras voces, esos amenazantes dedos, esos despectivos gestos, que son mucho de paquetería, recato y desconocimiento- en sus queridos y aceptados y recetados psicotrópicos: alplaxes, rivotriles, tranquinales, foxetines, quetiazics, clonagines, clonazepanes, atenixes, trapaxes, somits, lexotaniles, ¿rohypnoles? -¿existen aún?-... nicotinas con la dosis permitida de amoniaco para facilitar la adicción y auspiciar la asimilación en pulmones y cerebro... whiskies y todos los tragos permitidos para adulterar el hígado... cafeína de placeres... cocas que desoxidan tornillos y estómagos... colas en farmacias, psiquiatras, recetas, "no hagas esto, pero yo hago aquello"... marlboros, parisienes, luckys convertibles...
Me fui. Me voy en los aromas de mi música. A ningún lugar y a todas partes. Y vuelvo al placer del cuerpo sano con orejas musicales, y andar y redescubrir que la furia es la frustración y esa frustración es no animarse a más. Entonces, los fracasos por estar enrollados veinte o treinta años en matrimonios de camas separadas, infidelidades, culpas y perdones. Querer esto, pero hacer lo que sustenta y da estabilidad. Y así perder el sueño, los sueños, las ganas de avanzar, de subir cada día un escalón más hacia aquello que llaman felicidad, que no es más que ser y hacer y deshacer, desenroscar y volver a intentarlo.
Es fácil. Solo basta que lo creas, que te animes a correr las vueltas del corazón, tic tac tic tac, porque el reloj deja de marcar las horas, toc toc toc toc y todo se apaga, se oscurece, se derrite, se descompone, se agusana, se esfuma.
Carpe Diem.
Anochecer.
Doy vueltas.
Mente sana en orejas con música.
Veinte metros, se cuelan los aromas eucaliptus. Otros metros más, me inundan pinos y lavandas. No piden permiso, solo se meten nomás.
Girar a la izquierda para descubrir otros eucaliptus, jacarandás y una parcela regada que desprende ese sabor a pasto recién cortado.
Andar varios metros más para rozar con la mano, acariciar, refregar, la áspera hoja del malvón y tocarme la nariz para irme en ese instante -un flash, un despertar y volver aquí- al patio de la infancia.
Volver a girar y descubrir que otras flores se confunden, entre frutales y árboles que no podría definir, y andar y girar cuantas vueltas sean necesarias y comenzar a percibir otros aromas, otras flores, cercanía, más dulces, más inciensas, esas fragancias que empiezan a reflejar los atardeceres de los parques, los anocheceres placeros, el aroma, la flor.
Se torna cotidiano en cada corrida diaria. Se torna parte del paisaje y de los aromas naturales, y es natural también, y están relajados tres pibes, dos chicas, un par de adultos dispersos, un grupo de jóvenes. Y ríen. Y se cuelgan. Y saludan. Y te invitan; ese compartir como el café, como el trago de la esquina.
Un joint, faso, finito, troncho, caño, fasito, chino, univercho, maría, la tía, damián, hachís, cannabis, marihuana.
Neones que delatan ojos, y sonrisas marcadas y rostros perdidos, pero aquí y ahora, y una voz inquisidora pudriéndolo todo. Y el dedo amenazante indicando culpables. Y los gestos despectivos hacia esos aromas marginales mientras se recuestan -esas inquisidoras voces, esos amenazantes dedos, esos despectivos gestos, que son mucho de paquetería, recato y desconocimiento- en sus queridos y aceptados y recetados psicotrópicos: alplaxes, rivotriles, tranquinales, foxetines, quetiazics, clonagines, clonazepanes, atenixes, trapaxes, somits, lexotaniles, ¿rohypnoles? -¿existen aún?-... nicotinas con la dosis permitida de amoniaco para facilitar la adicción y auspiciar la asimilación en pulmones y cerebro... whiskies y todos los tragos permitidos para adulterar el hígado... cafeína de placeres... cocas que desoxidan tornillos y estómagos... colas en farmacias, psiquiatras, recetas, "no hagas esto, pero yo hago aquello"... marlboros, parisienes, luckys convertibles...
Me fui. Me voy en los aromas de mi música. A ningún lugar y a todas partes. Y vuelvo al placer del cuerpo sano con orejas musicales, y andar y redescubrir que la furia es la frustración y esa frustración es no animarse a más. Entonces, los fracasos por estar enrollados veinte o treinta años en matrimonios de camas separadas, infidelidades, culpas y perdones. Querer esto, pero hacer lo que sustenta y da estabilidad. Y así perder el sueño, los sueños, las ganas de avanzar, de subir cada día un escalón más hacia aquello que llaman felicidad, que no es más que ser y hacer y deshacer, desenroscar y volver a intentarlo.
Es fácil. Solo basta que lo creas, que te animes a correr las vueltas del corazón, tic tac tic tac, porque el reloj deja de marcar las horas, toc toc toc toc y todo se apaga, se oscurece, se derrite, se descompone, se agusana, se esfuma.
Carpe Diem.
Diego TL
img: Sebastián Scott

No hay comentarios:
Publicar un comentario