Los otros observan. Te lo dicen todo. Lo saben todo.
Sienten, pero no hacen lo que sienten, o lo miden, o se
miden.
Los otros miran el agujero, el tuyo, porque no hay nada
adentro de sus cuerpos.
Casi nunca para vos.
A veces, muy a veces, se juegan con un dar;
casi siempre dan con un motivo. Y digitan.
Digitan lo que dan, cómo lo has de usar,
digitan los caminos que andarás y objetan los que has
andado.
Digitan lo que te conviene, total siempre están al resguardo
de papi y de mamá,
solo saben pedir y recibir, son los descalzos de la rutina,
y solo hablar de ellos, y solo sus rollitos, y digitar.
Los otros despuntan cuando hay hilos y tejen en sus redes
cunas que te hagan anidar.
Te envuelven en sus dichos, en tus desdichas, te maltrechan
por no huir,
se tornan rémoras a tus aletas tiburonas y se alimentan de
tus parásitos de azúcar y de sal.
Y ríen, les encanta reír, y ríen por reír, y siempre están
contentos, pero antes muerto
que sacudirte de un abrazo en el momento que más abrazos
esperás.
Te miran circular cuando en verdad circulan ellos.
Te quieren derretir en un vasito telgopor
sin degustar tu llama, solo mirar la descomposición.
Y así se nutren en tus colores, en tus sabores, en tus
efímeras sonrisas
para sentir la clorofila que despierta la fotosíntesis de
sus cerebros:
sale oxígeno, no entra nada, si nada hay, si nada luz.
Los otros se quedarán afuera, viviendo de sus sombras y sus
infelicidades,
quejándose al teléfono de oídos desviados ya, buscando tu
complicidad
cuando ya seas cactus y aunque tus espinas de alejen de
tanta gente,
la flor saldrá a recorrer el sol y nadarás en mundos sin
desiertos, sin cristal,
y quebrarás tu corazón para sentirlo firme,
esa emoción de que todo se dará,
sin otros que anestesien, adulen o marchiten la ocasión,
subir y ver, sembrar y dar, dejar la mancha atrás: valiente,
erguido, bien despierto,
girando en otra rueda, una vuelta más, como si Goyeneche
afilara un algodón
con el adoquín de su garganta, sin anestesia, sin compasión.
Diego TL
img: Sebastián Scott

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