Despedidas.
Cuántas veces no podemos realizarlas.
La parca nunca avisa cuando roba vidas y nunca estamos preparados para ese chau.
Sí, podemos aventurarnos al disfrute de todos los días.
Y en cada vínculo aprovechar como si ese día fuera el definitivo, la despedida.
De repente, todo explota y aquella sinfonía de los vientos lo inunda todo.
Empapados en tristeza, en sinsabores, en ninguna explicación, en momentos trágicos,
llorosos, desgarradores, para no volver a ver ya nunca más, nunca jamás.
Y se hace eternidad en un instante, como si un rayo atravesara los pórticos de la ilusión
y lo desintegrara todo.
Eternidad hasta que tengamos la dicha o la desgracia de partir,
y ese rayo ya seremos, convertidos en lo que no es conocido -en este mundo material-
y se trasluce en vaya uno a saber qué -en ese mundo espiritual-,
de ánimas, de almas, de cabalgatas, de corceles y jinetes galopando hacia lo que es.
Cuántas veces no podemos realizarlas.
La parca nunca avisa cuando roba vidas y nunca estamos preparados para ese chau.
Sí, podemos aventurarnos al disfrute de todos los días.
Y en cada vínculo aprovechar como si ese día fuera el definitivo, la despedida.
De repente, todo explota y aquella sinfonía de los vientos lo inunda todo.
Empapados en tristeza, en sinsabores, en ninguna explicación, en momentos trágicos,
llorosos, desgarradores, para no volver a ver ya nunca más, nunca jamás.
Y se hace eternidad en un instante, como si un rayo atravesara los pórticos de la ilusión
y lo desintegrara todo.
Eternidad hasta que tengamos la dicha o la desgracia de partir,
y ese rayo ya seremos, convertidos en lo que no es conocido -en este mundo material-
y se trasluce en vaya uno a saber qué -en ese mundo espiritual-,
de ánimas, de almas, de cabalgatas, de corceles y jinetes galopando hacia lo que es.
Despedidas.
Sentidas despedidas que nunca podremos dar porque se fue un rato antes de su momento.
Quizá se fue feliz. Seguro que así fue.
Porque vivió siempre feliz, más allá de su queja urbana, de su malestar insípido, de su vanagloria de noche al más allá, porque no tuvo miedo, aunque una ráfaga de escalofríos lo apoderaran. No tuvo ningún temor porque se supo querido hasta ese fatídico momento en el que no pudo decir que no y se dejó ir.
Sentidas despedidas que nunca podremos dar porque se fue un rato antes de su momento.
Quizá se fue feliz. Seguro que así fue.
Porque vivió siempre feliz, más allá de su queja urbana, de su malestar insípido, de su vanagloria de noche al más allá, porque no tuvo miedo, aunque una ráfaga de escalofríos lo apoderaran. No tuvo ningún temor porque se supo querido hasta ese fatídico momento en el que no pudo decir que no y se dejó ir.
Despedidas. Esas que
lamentamos cuando ya es tarde, y buscamos explicaciones insignificantes que
justifiquen los porqué de estar sumidos en sus propios mundos y no acordarse de
él cuando lo recordaban, o lo necesitaban, o lo extrañaban, solo un instante,
ese insignificante instante, en el que pudieron teclear el fono, pasar a
compartir y aprovechar cada minuto con los seres que luego extrañaremos hasta
que el vacío nos carcoma eternamente.
Despedidas.
No tener que reencontrarse ante un cajón cerrado
o con un encendido maquillaje que oculte la trágica palidez de la ocasión.
Despedidas.
No tener que estar absortos, deshilachados, frágiles, ante un montículo de tierra sin una flor,
un cuadrado de cemento bordeando otros cuadrados con cofres y cajones
o una encendida lápida de fotos y frases elocuentes que no supimos sostener en vida.
Despedidas.
No rendir múltiples tributos en las redes y en charlas o encuentros
como si siempre hubiéramos estado al lado del que partió,
cuando las urgencias y los rollos de cada día no daban un changüín para torcer el día
y regalarnos ese placer de compartir.
Despedidas.
No esperar ya nada más, porque ya no habrá nada más:
ni las explicaciones que justifiquen nada, ni las mentiras que nos inventamos para seguir,
ni los misterios que jamás descubriremos porque no da la nafta.
No rendir múltiples tributos en las redes y en charlas o encuentros
como si siempre hubiéramos estado al lado del que partió,
cuando las urgencias y los rollos de cada día no daban un changüín para torcer el día
y regalarnos ese placer de compartir.
Despedidas.
No esperar ya nada más, porque ya no habrá nada más:
ni las explicaciones que justifiquen nada, ni las mentiras que nos inventamos para seguir,
ni los misterios que jamás descubriremos porque no da la nafta.
Despedidas.
Ese dolor que sinceramente muchos desearían no tener, aunque hubieran estado siempre,
aunque hasta el instante previo a la partida hubieran regalado el sabor de la sonrisa,
aunque todo el amor hubiera desbordado al ya viajante y al futuro viajero,
aún así siempre esperarán por una despedida.
Ese dolor que sinceramente muchos desearían no tener, aunque hubieran estado siempre,
aunque hasta el instante previo a la partida hubieran regalado el sabor de la sonrisa,
aunque todo el amor hubiera desbordado al ya viajante y al futuro viajero,
aún así siempre esperarán por una despedida.
Despedida.
La parca no avisa, llega y se va.
Se lleva lo mejor y lo peor.
Nos deja vacíos.
Algunos con más color.
Otros que empalidecerán por siempre.
Eternos.
Despidiéndose...
La parca no avisa, llega y se va.
Se lleva lo mejor y lo peor.
Nos deja vacíos.
Algunos con más color.
Otros que empalidecerán por siempre.
Eternos.
Despidiéndose...
Diego TL
img: Sebastián Scott
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